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viernes, 4 de marzo de 2011

Especial H. P. Lovecraft (Parte 2)

 Hacia el horror cósmico

En lo estético y espiritual, la tradición literaria en la que se apoyan las creaciones fantásticas de Lovecraft es el cuento de miedo anglosajón; ese “terror gótico” que comenzará una mujer y terminará otra mujer –para aquellos que dudan de la gravitación intelectual femenina-: Anne Radcliffe y Mary W. Shelley, esta última autora de Frankenstein, anticipadora de Poe, H. G. Wells, por supuesto que Lovecraft y hasta Stephen King en la actualidad.

En las primeras décadas del siglo pasado, el efecto que producía en el lector el relato sobre vampiros, muertos vivientes, ruinas medievales con la noche brumosa y los restos de un cementerio abandonado –ineludible aporte del Romanticismo anglo-germano- comenzó a perder fuerza debido a que su estructura comenzaba a hacerse invariable.

Luego, en 1809, nace Edgar Allan Poe y el relato de horror adquiere nueva fuerza, ya que Poe se nutre del Romanticismo tardío y a la exaltación del “yo narrador” –a su lirismo- le agrega el elemento analítico y el proceso introspectivo, a través del cual el personaje relata las causas ante todo internas que dan por resultado un entorno fantasmagórico, lleno de elementos que no son otra cosa que la proyección en el espacio de los terrores ocultos, esos terrores que posteriormente Freud y el psicoanálisis pretenderán develar. En este sentido, el racionalismo de Lovecraft no hace otra cosa que obrar a la inversa de lo que fue el racionalismo del siglo XVIII, cuando este elevaba la sapiencia de los intelectuales. Con las dos revoluciones industriales, con las nuevas clases sociales que liquidan el mundo medieval, con la naciente presencia de las máquinas, el hombre racionalista descubre que más abajo del yo consciente y del yo inconsciente, existe un mundo inexplorado: el de los sueños y las pesadillas. Se intenta así la racionalización de la fantasía, con lo que entonces mueren los mitos, las creencias antiguas, la magia y la brujería en lo que tiene que ver con estos elementos como posturas de un sentir popular. Empieza el otro reto: dominar para el racionalismo lo que hasta en la Edad Media estaba considerado como el vínculo que unía a hombres y potencias sobrenaturales, a través de restos de las celebraciones eleusinas, los sacrificios druídicos y la cosmogonía céltica. Al traer a la superficie –al consciente- todo aquello que se asociaba con leyendas populares de magia y horror, el hombre racionalista intentó delimitar el origen y las proporciones de sus miedos más recónditos. Es así que en la literatura surgen las otras dos figuras de vital importancia para el Lovecraft escritor: Arthur Machen y Lord Dunsany. El primero de ellos traslada la atmósfera de los cuentos de miedo a la luz del día, las casas de su Gales natal…y sobre todo instaura la creencia en una antigua raza de dioses que vivieron en la Tierra millones de años antes que la Humanidad. Estos seres hablaban un lenguaje llamado “iklo” y si bien parecen haber desaparecido, su influencia trasciende el tiempo y el espacio. Machen, como Dunsany, conjuran los miedos objetivos: la muerte violenta, el futuro incierto debido a la segunda revolución industrial, el pasado ominoso, las revoluciones y contrarrevoluciones y la avasallante presencia del maquinismo. Frente a este panorama de fines del siglo XIX y comienzos del XX, esos escritores resuelven recrear el mundo a partir del sueño y a este lo pueblan de seres fantásticos que gravitan en la vida del soñador. Esto es lo que también Lovecraft irá desarrollando en sus cuentos si bien este mundo idílico de sus predecesores se convierte, principalmente, en una geografía de ciudades remotas habitadas por seres que resultan un horror materializado a ojos de esa irreversible que siempre resulta ser el personaje lovecraftiano. Así entonces, surgen en sus cuentos –aunque su mitología jamás fue motivo de preocupación para el creador- esa saga de monstruos gelatinosos y tentaculares que es llamada por los mortales, que se funde con ellos o los aniquila.

Surgen también los libros malditos en cuyas páginas están las fórmulas sacrílegas que llaman a “los que acechan” desde ese tiempo que en principio no es otro que el tiempo interior de los hombre, donde en alguna medida el inconsciente desarrolla una serie de mundos paralelos al nuestro, al de la “vigilia”, y que en Lovecraft revisten características de constante inquietud, que presagian un destino último de aniquilación de la raza humana por esos dioses arquetípicos que alguna vez fueron los dueños de la Tierra y del Universo. A esto por supuesto confluyen las creencias judeo-cristianas, los mitos griegos, Madame Blavatsky, la aversión que tuvo Lovecraft por aquellas razas que él –influido por Spengler- llamaba inferiores (judíos, latinos, polacos, etc.) y en general el culto reverencial del pasado, culto que sin embargo, en los últimos años de su vida, se fue desapasionando al punto de convertirse en firme admirador de Franklin D. Roosevelt, aparte de haber estado casado –apenas dos años- con una mujer de origen judío: Sonia Greene, quien contrario a lo que muchos piensan fue una mujer perfectamente equilibrada, inteligente y que amó a Lovecraft hasta las últimas consecuencias, aparte de haberlo mantenido cuando el matrimonio se trasladó a vivir a una ciudad que para el escritor no difería mucho del horror que producían sus célebres creaciones urbanísticas no-euclidianas: Nueva York.

El maestro y sus discípulos

Con Arthur Machen el cuento de miedo anglosajón comienza a abundar en la idea del terror antiguo, prehistórico y hasta prehumano, materializado en formas vagas protoplasmáticas y hasta en la arcaica capa geológica, como metáfora del preestadio de la mente.

Quienes también se embarcaron en esta nueva corriente de renovación del terror fueron el Bram Stoker tardío, que años después de Drácula escribió La alegría del gusano blanco (The lair of the white worm); M.P. Shlel, W. H. Hodgson, Algernon Blackwood y por supuesto que Lord Dunsany. Pero quien mejor redondeó la “idea arquetípica” de Machen no será otro que Howard Phillips Lovecraft.

En vida del autor de “El color que cayó del cielo”, su actividad literaria no vio salir a luz ningún libro. Su producción no alcanzó otra recepción que la de la revista Weird Tales y en varios libros dedicados a los autores ya no de Nueva Inglaterra sino sólo de Rhode Island, su nombre no apareció. Esta fue tarea póstuma de los sobrevivientes del llamado “círculo de Lovecraft”, entre los que es preciso destacar en primer término a August Derleth –como sistematizador de los mitos generalmente llamados “de Cthulhu”- y a D. Wondrel quienes fundaron la editorial Arkham, en honor al ilustre creador de la mítica ciudad o reverso de Providence.

La escuela o círculo lovecraftiano estuvo integrada, además, por August Derleth, Clark Ashton Smith, Robert E. Howard –el creador de Conan, el bárbaro-, E. Hoffmann Price, Frank Belknap Long –célebre por su cuento “Los perros de Tíndalos”-, Henry Kuttner –autor de un relato espeluznante como lo es “Las ratas del cementerio”- y el más joven de todos ellos: Robert Bloch, quien años después se haría famoso por su cuento llevado al cine por Alfred Hitchcock: Psicosis (Psycho).

Los mitos de Cthulhu

Todo mito se apoya en una vieja creencia y así las figuras de los titanes, como las de los argonautas o Aquiles y Odiseo, son el recuerdo vago que el hombre, por memoria genética o colectiva, o versos que cantaban los aedas rapsodas en la Grecia pre homérica, tiene de un pasado que se pierde en los orígenes del mundo. Así también,  una vez muerto Lovecraft, su “Gran imitador” Derleth se preocupó de seguir escribiendo relatos que giraran en torno a la influencia de monstruos ocultos en catedrales abandonadas, dormidos en el fondo del mar o viviendo en una dimensión paralela a la conocida, como así también su celo de admirador y fanático lovecraftiano lo llevó a trazar una génesis de los mitos, aunque en este sentido el aporte de Lin Carter fue fundamental.

Con el consentimiento y la ayuda de Derleth, Lin Carter se lanzó a un trabajo que en vida de Lovecraft a este no le había preocupado en absoluto…

En tiempo remotos y antes de la humanidad, la Tierra fue habitada y gobernada por dos grupos de seres colosales: los dioses diabólicos y las divinidades benévolas. A su vez, la Tierra estaba compartida por los Primigenios y la Gran Raza Yith. Estos entran en colisión y luego se rebelan contra sus creadores: los Dioses Arquetípicos, que a través de los cuentos de Lovecraft y los de su grupo, serían los primeros seres interestelares.

La Gran Raza Yith –seres espirituales e inmateriales que vivían en cuerpos ajenos- abandonan la Tierra y viajan al futuro. Por su parte, los Primigenios quedan sin rival e intentan dominar el mundo. Pero los Dioses Arquetípicos diezman la rebelión y aquellos son castigados y apresados.

Todo esto tiene mucho en común con el Panteón griego y las sucesivas luchas de Urano, Cronos y Zeus por el poder universal. En el caso de los Primigenios lovecraftianos –Azathoth, Hastur, el Gran Cthulhu o Yog-Sothoth, por mencionar algunos de los nueve más famosos-, los destinos que siguieron fueron de lo más dispares.

Los libros prohibidos

Cuando Lovecraft era niño solía disfrazarse de árabe y un tío suyo, riendo, le decía que parecía el árabe Abdul Alhazred, nombre que se le había ocurrido en estos momentos…pero que años después Lovecraft convertiría en el “demencial” autor del Necronomicón. A este libro “prohibido” sus colegas le agregarán otros que, juntos, de una forma u otra encierran las fórmulas impronunciables que pueden hacer aparecer por cualquier lado los míticos Primigenios. A estos libros se sumaron otros, reales, simplemente porque los títulos en latín resultaban misteriosos: Thesaurus Chemicus, de Bacon; la Turba philosophorum, de autor anónimo; el Libro de las estancias de Dzian, de Madame Blavatsky –en vida de la escritora esotérica se aseguraba que dicho libro le había sido dictado por un venusino-; el Zohar, uno de los libros cabalísticos más importantes de esta tradición, o la Poligrafía, del abate Trighemius.

Dentro de los libros ficticios figuran: Necronomicon, de Abdul Alhazred; el Libro de Eibon; Texto de R’lyeh; Fragmentos de Celaeno; Cultes des Goules, del conde d’Er’ette (August Derleth); De Vermis Mysteriis, de Ludwig Prinn (Robert Bloch); Arcillas de Eltdown; People of the Monolith, de Justin Geoffrey; Los Manuscritos Pnakóticos; los Siete libros crípticos de Hsan y el “terrible” Unaussprechlichen Multen, de Von Junzt.

…Y sería preciso agregar otro libro para finalizar esta especie de homenaje a un escritor que en sus relatos unió la tradición literaria del norte de Europa, con la literatura onírica y la pura fantasía, propia de un ser solitario que a lo largo de su vida siguió una conducta casi ascética. El libro al que hacemos referencia merece integra la lista de los reales y los ficticios, porque para quien dice estas palabras supuso casi una odisea el encontrarlo; libro que, además, muy pocos conocen en su traducción al español por Francisco Torres Oliver; libro publicado hace 32 años pero que sigue siendo un volumen fundamental a ser integrado a la biblioteca de todos los lovecraftianos de habla hispana: Lovecraft, de L. Sprague de Camp. (Alfaguara, colección Nostromo.)

En 2007 se cumplieron 70 años de la desaparición física de un escritor que compuso su mundo literario a través de una reformulación de lo fantástico. Decíamos que esta charla vino a ser una especie de homenaje, aunque no tardío: el tiempo es relativo cuando se trata de poner de manifiesto, una vez más, la vida y la obra de un creador; de un hombre para quien su propio tiempo fue absolutamente relativo frente a lo concreto del mundo de sus fantasías, sus convicciones, sus lecturas, sus nostalgias y sus sueños.

Muchas gracias.
Guillermo Lopetegui
Charla ofrecida en AGADU, Sala “Mario Benedetti”, 
martes 30 de noviembre de 2010.