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jueves, 17 de marzo de 2011

El astronauta (cuento)


Las grisáceas cabras pastaban en los verdes campos, cobijadas por blancas montañas; detrás, el fresco mar bañaba la costa dorada. El sol se ocultaba en el horizonte haciendo estallar en fuego el antes azul cielo...
Cada seis meses debía alimentarse de forma natural, no intravenosa; también debía ejercitarse pues la criogenia prolongada podría provocarle hipertrofia muscular y osteoporosis.
Es tiempo de cosecha, rotación de tierras y replantado de frutas y verduras. Estas tares son tal vez las mas importantes que tiene para realizar. Si la cosecha moría también el estaría muerto asi como la nave que lo transporta, finalizando su misión sin existo.
318 años, tiempo de la tierra, viajando por el espacio a 10 veces la velocidad de la luz hacen de la nave chatarra de difícil mantenimiento. Además de las piezas metálicas debía controlar el correcto flujo de combustible vegetal a los motores, la deshidratación y capsulacion de los alimentos así como el estado del curso y escritura de bitácora de viaje. Todo este trabajo le dejaba poco tiempo para pensar en La Tierra que dejo atrás. Ya no recordaba si tenía familia, si alguna vez amo o si lo amaron. Recordaba si el despegue, la presión en los ojos, la falta de aire. El ruido ensordecedor de la muchedumbre preguntando en la conferencia de prensa, las eternas discusiones sobre la existencia de Dios y el extremo final del universo.
Los atentados terroristas, perpetrados por la unión católico-musulmana, no retrasaron el despegue, la falta de aire, la presión en los ojos, el ruido ensordecedor..., el silencio eterno del espacio profundo, la eterna soledad.
En el poco tiempo libre que tenia leía sobre La Tierra, no se resignaba a olvidarla, aunque sabia que jamás la volvería a ver excepto en sus sueños, cada 4 meses durante 6 meses en criogenia.
Entonces de nuevo los campos, las montañas, el infinito azul del mar.
El despertar de criogenia es tranquilo. Lentamente las nieblas del sueño se disipan dando lugar a las sombras de la cámara, de tenues luces amarillas, que lo contenía.
Pero hoy por primera vez no fue así. El sueño fue abruptamente interrumpido y las titilantes luces rojas lastimaban sus desacostumbradas pupilas. Estirando algunos músculos aun dormidos se incorpora y corre, raudo por los rojos pasillos de la nave. En la sala del capitán consulta la bitácora de viaje. había sido despertado a los 2 meses y 3 días de comenzado la criogenia, para su sorpresa no por fallo técnico (esto ya había sucedido algunos años atrás). La computadora tenía orden informar en cualquier momento si se cumplía la prerrogativa de la misión o si se encontraba algo que pudiera significar el destino final de la misma: el final del universo. Desconecto las luces de emergencia, que lo estaban enloqueciendo. Las maquinas de la nave estaban apagadas, solo se escuchaba su corazón que le explotaba en el pecho. Los instrumentos marcaban algo al frente pero no podían identificarlo, así que decidió salir a verificar en persona.
El traje espacial poseía la mejor tecnología de la época. se le podían acoplar un sinfín de herramientas controladas por electrodos conectados directamente al cerebro. Los brazos van cruzados al frente, sobre el pecho, esto maximiza los sentidos permitiendo al astronauta oler, oír y sentir lo inimaginable.
Saltó al helado espacio y se deslizo hasta la proa, irguiéndose sobre ella. Al alzar la vista quiso reír, pero sus músculos faciales ya habían olvidado como hacerlo.
De izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, el muro era infinito. No podía verse a través de el. Negro, opaco. Reflejaba las estrellas, que había dejado tras de si, pero no lo reflejaba a el ni a su nave. El muro era suave y helado como la seda. Tal vez fuera de vidrio o acrílico, pero mullido y acolchado como una gruesa frazada de invierno. Se arrastro por la eterna pared, descubriendo que no era tan eterna. Encontró aristas que formaban esquinas. Levanto la vista y en la negra inmensidad vio una pequeña ventana por donde se escurría un tenue rayo de luz.
Temeroso se arrastro por la pared. Pensaba que ese no podía ser el final, que debía haber algo mas y el quería saber que era ese "algo mas". Se asomo tímidamente a la ventana. La sangre se congelo en sus venas al ver una sombra acercarse desde el otro lado. Retrocedió, tropezando con sus propios pies, cayendo en un rincón contra la suave pared. Los ojos desorbitados, fijos en la ventana. Aterrado vio como el muro cedía frente a el. De la luz surgieron varias sombras que lo alzaron. Lo colocaron en una especie de camilla, sujetándolo con fuertes correas de cuero.
Le aplicaron un sedante inyectable por encima de la camisa de fuerza.
Mientras lo conducían a la sala de electroshock sus gritos hacían eco por los pasillos del siquiàtrico:-¡YA NO ESTOY LOCO! ¡YA RECUPERE LA RAZON!